jueves, 30 de enero de 2014

Vivir para poder dormir. Morir para poder vivir.


Empieza a preocuparme el hecho de necesitar que las cosas vayan mal para poder escribir algo con coherencia. O con la poca que puede llegar a tener cinco palabras mal puestas en un papel a las tres de la mañana de un jueves.

Una taza de té y un cigarro acompañaban su pequeño y frágil corazón con la intención de que la cafeína y la nicotina hicieran su trabajo. Pero sus pequeños párpados seguían en plena lucha por poder mantener los ojos abiertos, y por lo demás, seguía echando(se) de menos. Tenía demasiado claro que el tiempo la acompañaba por las noches y se hacia amiga de confesiones cuando nadie más podía escucharla. Había descubierto que pasear sola no era tan malo, que tomar té caliente al lado de la ventana mientras veía llover sí que era placentero y que fumar mientras pensaba que se estaba matando la hacía demasiado masoquista. Que levantarse queriendo volver a acostarse se convertía en rutina. Que la soledad quería complacerla de forma muy inoportuna. Que la vida la hacía de las suyas.
Pero solo ella podía entenderse y solo ella podía hacerse sentir lo suficientemente feliz.

Y eso es lo que la hacía la más infeliz del mundo. ¿Quién era ella para poder hacerse feliz? ¿Qué la había llevado a no necesitar a nadie para poder saber que lo mejor siempre viene en frascos pequeños? Prefería acostarse sabiendo que mañana sería un obstáculo más que superar y no un día más para disfrutar. Prefería saber que estar despierta solo lo servía para joder más a los que la rodean y no para enseñarles a avanzar como ella nunca supo(pudo).


                                     prefería valorar más el tabaco que la distancia..



                                                                                                            ..más que el amor, más que la vida. 

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