jueves, 15 de agosto de 2013

Uno no es feliz hasta que no cumple sus sueños.



De vez en cuando me da por pensar en un intento fallido de querer ser feliz. Está más que claro que yo eso  no sé serlo, y no podré serlo nunca (a no ser que esto que acumulo sea tirado a un cubo de masas radiactivas).
Llevo siete años de mi vida en el intento de  ser algo que  nunca he llegado a perfeccionar del todo. Intentando caerle bien al mundo, ser la hija perfecta y la mejor hermana del mundo. Todo resultó ser una misión imposible porque a día de hoy medio mundo me odia, mis padres de vez en cuando se preguntan qué hicieron mal y a mi hermano se la sigo sudando. Y ya que mi intento de ser feliz se esfumó y me dio por pensar, he llegado a la conclusión de que el factor común soy yo. Que no soy lo suficientemente buena para que alguien se enganche de mi, y que no soy lo suficientemente de confianza para que alguien pueda apostar por mi y por tenerme en su vida.

De vez en cuando me gusta quitarme espinas que se quedan incrustadas en la piel después de haberme tirado de espaldas y con los ojos cerrados contra un rosal. En la milésima de segunda en la que caes todo pasa completamente rápido ante tus ojos. Nada bueno me refiero. Desde la primera vez que lloras, hasta la última vez que prometiste no hacerlo. Pero quién cojones puede reprimir el sentirse así. "Imagen distorsionada de la vida" según mi psicólogo. "Verdad pura y dura(gorda)" según yo.
Después de varios arañazos por ciertos restriegues entre rosales te empiezas a acostumbrar a ser usada, desgarrada, maltratada y distanciada. Empiezas a ver la vida desde millones de perspectivas diferentes que te ayudan a replantearte el volver a empezar de nuevo. A cambiar. A ser otra. A no ser la de siempre. Porque la llamada 'la de siempre' es tan imperfecta que empieza a escocer. Y no, el escozor no viene por las heridas de las malditas rosas, sino del hijo de puta que me  condujo hasta aquel jardín repleto de semejantes preciosidades.

Y no me mal interpretéis, no vengo a dejar rencor sobre las espinas, sobre las rosas, o sobre aquel hombre mal follado. Vengo a contra-herirme, a auto-lesionarme, a auto-odiarme, como queráis llamarlo. Porque el hecho de que la gente me haga daño acaba sudándome el clítoris, y, sobre todo acaba gustándome, y eso sí que no me gusta. El hecho de sentirse como una mierda empieza a estar anotado en el calendario escolar, y mi vida a penas tiene días de veraneo. (y vuelvo a repetir, no me malinterpretéis por nada, porque amo tanto el invierno que ojalá se extinguiera el verano, el otoño y todos los rollitos de primavera chinos).

Dicho todo esto me despido desde la azotea de un sexto sin ascensor donde solo me queda el tirarme de cabeza. Y no os preocupéis, no duele hasta que llegas al fondo, y esto es un pozo sin fondo.

Qué bien vendría un cigarro a estas alturas de la madrugada, diría un fumador. Y yo le estoy cogiendo un cariño al tabaco que.. empieza a gustarme.

<Querida M del futuro: Será fumadora, feliz, autosuficiente, madura, y sobre todo, con dieciséis kilos menos. Sé feliz>.

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