viernes, 1 de noviembre de 2013

Déjanos hacernos algo.


He sabido beberte a morro y fumarte sin chusta. He querido analizar la situación sin conjunciones ni clases de sintaxis. He aprendido a tocar los versos más bonitos con besos en tu columna vertebral. Y quizá ahora, y solo ahora sepa por qué te quiero. Hacia mucho tiempo que andaba buscado mi cordura, y sólo cuando te conocí tuve cojones a darme cuenta de que la había perdido para siempre. A mi no me mires entonces; échale las culpas a tus besos sin venir a cuento, al calor de tus brazos en invierno y al refrescante calor de tus ojos que esconden el puñetero Océano Pacífico.

Dejémonos de ruinas que no vienen a cuento y haz de mi tu rutina. Déjame hacerte pedacitos y después reconstruirte a besos, cortos, lentos, por la comisura de tus caderas. Prometo no dormir por las noches a cuenta de verte durmiendo, y prometo dormir por el día a cuenta de querer recordarte soñando. También puedo prometerte unos días muy grises rodeados de pequeñas dosis de insultos y lágrimas amargas con sabor a despedida. Y lo mejor no es eso cariño, lo mejor es lo de después. He creído haber saboreado el quitarte la ropa y el haber mordisqueado la sensación de tus pupilas encima de las mías. He creído haber aprendido a bailar bajo tus sábanas, y sobre todo he creído haber aprendido a conjugar tus besos con los arañados de tu espalda. Bonita obra de arte, ¿verdad? Aunque para arte las legañas de tus ojos nada más despertarte.

Ten cuidado. Por ti. Por mi. Por nosotros. Por lo nuestro. No me dejes coger postura entre tus pensamientos, ni mucho menos me dejes cogerle gusto a acariciarte la espalda mientras respirar hondo. Deja que el barco que construimos naufrague si hace falta, que se guíe el solo por tierras no encontradas. Deja que nos odiemos entre gemidos entre cortados a causa de la falta de oxígeno. Pero sobre todo, ten cuidado. Déjanos odiarnos.