viernes, 15 de marzo de 2013

Qué débil, qué frágil, qué fácil dañarme.




Acababa de cerrar los ojos en un intento fallido de intentar reprimir las lágrimas. Inspiraba y expiraba demasiado deprisa, como si acabara de hacer deporte, como si algo (o alguien) la faltara. Ya no la quedaba aliento; lo había gastado todo chillando de furia preguntándose por qué ella. Estaba a 30º, pero en aquel rincón de aquella pequeña habitación solo hacía frío. Frío. Lágrimas. Sueños rotos. Corazones a medio armar. Sonrisas esfumadas. Intentaba reprimir los llantos con un cojín pegado a la cara, pero ni ella misma se creía aquello que la estaba pasando. Ella sólo se dedicaba a sonreír y a hacer un poco más feliz a la gente, aunque ella no lo fuera o no tuviera intención de serlo. Estaba harta de comentarios fuera de lugar, de miradas disimuladas que la hacían sentirte intimidada, y que, a fin de cuentas no eran tan disimuladas. ¿Qué habían visto en ella para que todos los trapos sucios cayeran sobre ella? En su cabeza sólo se podía oír el eco de los insultos, y en su retina todavía se podía apreciar la imagen de sus muñecas llenas de sangre. Sus dientes tiritaban, quién sabe si de frío o de soledad, si de tristeza o de miedo. Quién sabe. Nadie sabía nada. Sólo ella, o quizá ni eso. Porque ella sabía que en verano hacía calor, y ahora mismo ella tenía frío. Porque ella sabía que las personas eran malas, pero no pensaba que llegarían hasta tal punto. Porque ella sabía que iba a llorar en su vida, pero nunca que tiritaría por ello. Pero por lo que ve, también sabia que iba a equivocarse, y en eso no se equivoco.